“Las modernas sociedades industrializadas no podrían subsistir sin los medios de comunicación de masas. Todas sus instituciones –el Estado centralizado, el sistema económico basado en el intercambio comercial y la extrema subdivisión del trabajo- serían imposibles, sin la existencia de estos ‘aparatos’ destinados a transmitir información a grandes distancias y de manera prácticamente instantánea. Los funcionarios del gobierno central requieren datos acerca del estado económico y social de las regiones más alejadas de la Capital, los campesinos regulan sus actividades según las cotizaciones en la Bolsa de Cereales que dan los diarios y las radios.
Por estas razones, los sistemas políticos modernos dependen del control más o menos directo que puedan ejercer sobre los medios.
Ningún gobierno puede apoyarse exclusivamente en la fuerza física o en la coacción económica permanente: necesita contar con un mínimo de colaboración por parte de su población y que ésta acepte o, por lo menos, no ataque de manera sistemática y organizada, los valores defendidos por el Estado.
Esta colaboración o aceptación es, en realidad, una unidad de criterios o, como suele denominarlo la sociología, un ‘consenso’ que garantiza la estabilidad del poder.
Quien domina los medios de comunicación de masas puede controlar, aunque no de manera absoluta, la naturaleza del consenso social.
Dichos medios pueden servir a un equipo gobernante (una élite, una clase) para difundir su ideología, atacar la de la oposición, mostrar aquellos hechos que fortalecen su posición y ocultar los que puedan desmerecerla, amenazar a los desvariados o ‘réprobos’, y aún para premiar a quienes acepten sus dictados. Más sencillamente: con los medios se puede hacer propaganda a favor de determinada ideología y, al mismo tiempo, tratar de neutralizar o ahogar la difusión de ideologías contrarias.
En síntesis: Ya sea para mantener el statu quo, o para modificarlo en una dirección determinada, todas las organizaciones políticas de una sociedad determinada (un partido, dentro o fuera del poder, un grupo de presión, etc.) deben asegurarse que un segmento cuantitativamente importante o bien muy influyente de la población, participe de sus valores de ideales.
Esto implica una tarea de difusión ideológica y, por ende, el control de los medios de comunicación de masas. Por eso no es extraño que la lucha por el control de los medios de comunicación de masas sea un componente siempre presente en los debates y conflictos políticos de nuestra época.
El Estado, los propietarios privados y los medios
En los países de economía capitalista, la situación de los medios es con frecuencia paradójica y conflictiva. De hecho, éstos pertenecen en parte o totalmente a propietarios privados (personas físicas o jurídicas). Pero los medios son, tal como hemos dicho, instrumentos potencialmente muy poderosos, tan estratégicos para el Estado Nacional como el sistema de transportes o la Banca. Amenazan con convertirse en verdaderos competidores del Estado.
Necesariamente, surgirán de aquí conflictos entre el Estado y los propietarios de medios y, en consecuencia, diversos intentos por regular el poder de ambas partes sobre los medios, mediante leyes y convenciones.
Por otra parte, los medios más modernos –la TV y la radio- presentan características tecnológicas especiales. Una estación sólo puede alcanzar a su público si tiene asignada una frecuencia de onda exclusiva, que nadie debe invadir. Es necesario pues que el Estado regule la competencia entre los propietarios privados.
El conflicto Estado-propietarios privados de los medios se incrementó con el avance tecnológico de las redes de comunicación, con el crecimiento cuantitativo del público alcanzado.
Un elemento importante colaboró en el presente siglo a hacer más agudo este problema: el monopolio de los medios, ya que éstos, como cualquier otro sector económico dentro de una economía capitalista, tendieron a concentrarse en un número cada vez más reducido de manos”. (…)
De un texto de Heriberto Muraro en “El Poder de los medios de comunicación de masas”, Revista Transformaciones nº 1, Centro Editor de América latina, Buenos Aires, 1974.
Frases de cabecera
-"Si no estáis prevenidos ante los Medios de Comunicación, os harán amar al opresor y odiar al oprimido." Malcolm X.
julio 14, 2010
julio 09, 2010
Exclusivo: La corrupción al desnudo
Hace varios años que PyE desarrolla esta investigación que deja al desnudo una trama corrupta que salpica a los sectores más altos del poder político nacional. Una red de presuntos delincuentes se encubre detrás de inocentes comercios en los cuales pretendidos artesanos producirían algún tipo de arma letal para luego ser comercializada entre sectores de clase media que estarían preparando una insurrección que impondría una dictadura cuyo liderazgo quedaría en manos de un matrimonio presidencial, según dijeron a PyE fuentes que pidieron el anonimato.
El disparador de la investigación fue una observación realizada por un joven músico durante una gira, quien se sorprendió ante la extraña coincidencia en los nombres de redes comerciales establecidas por todo el país. Consultado por PyE, el prestigioso criminalista George Claunhei, de la Universidad de South Tampon aseguró que “los delincuentes siempre establecen códigos para comunicarse con sus socios”. PyE buscó corroborar si la cadena comercial estaba inscripta ante los organismos pertinentes, pero en los registros oficiales no existen rastros.
La cadena presuntamente delictiva, cuyos oscuros propósitos PyE revela en este reporte, consiste en miles de unidades disfrazadas bajo la fachada de talleres artesanales que comparten un nombre en código y luego una denominación de fantasía. “Los criminales siempre utilizan fachadas bajo las cuales parecen desarrollar actividades inocentes”, señaló Claunhei ante una consulta de PyE.
Una de las primeras hipótesis fue que se trataría de una sociedad delictiva privada, lo cual hubiese sido desde ya un nuevo llamado de atención ante la pasividad del gobierno nacional frente al avance de la inseguridad. Sin embargo, búsquedas posteriores permitieron deducir que la red presuntamente delictiva tendría vínculos con sectores oficiales. “Los criminales necesitan la complicidad de sectores de poder para que no bloqueen sus actividades delictivas”, señaló Claunhei con astucia.
Una de los detalles más significativos de la trama presuntamente delictiva es que la red está distribuida con cierta uniformidad y que se encuentra en todas las provincias argentinas, entre ellas, Santa Cruz, de donde, ya se sabe, proviene el matrimonio presidencial.
Por otra parte, los talleres trabajan con una materia prima aparentemente inocente, que es la madera, lo cual despertó también algunas sospechas. “Los romanos hacían las cruces de madera”, explicó a PyE un funcionario arrepentido que se fue del país hace dos meses para instalarse en una isla caribeña. En la grey cristiana “se vincula a la cruz con la santidad”, explicó a su vez el prestigioso criminalista Claunhei. “Cuando algo está en todos los distritos es muy posible que sea nacional y no provincial”, explicó por su lado Brunilda Alvarez, doctora en Economía con un MBA de la Universidad Patricia de San Jorge de Colombia.
Uno de los documentos reveladores de la actividad presuntamente delictiva fue producido por periodistas de PyE, quienes visitaron a varios de los talleres de la red. Allí fueron atendidos por personas aparentemente inocentes, pero cuyos documentos de identidad y sus registros oficiales no coincidían con los nombres en clave de la red. “Si la documentación no está en regla, es probable que haya un delito, aunque no siempre ocurre”, insinuó Claudio Reinhardt, cabo de la unidad penitenciaria de San Carlos de la Fuente, en Colombia.
Trabajan con madera, están en todo el país, incluida la provincia de Santa Cruz, tienen autorizaciones oficiales para trabajar, su documentación no coincide exactamente con el nombre del comercio y si bien no se pudo comprobar la existencia de armas, los investigadores de PyE pudieron observar que en todos los centros presuntamente delictivos se escuchaban ruidos que indicaban que se estaba fabricando algo, que bien podrían ser armas. Las vinculaciones con el Gobierno Nacional bien podrían indicar, si existieran pruebas, que estarían fabricando armas para un presunto autogolpe de Estado. “Cuando se fabrica algo, suele haber ruido”, señaló el ingeniero Javier Torreigueta, experto de la Universidad de Augusta, en Canadá con un dato concluyente: “Si hay olor a pólvora, es porque están produciendo armas o fuegos artificiales”. Los investigadores no pudieron percibir olor a pólvora, pero bien podría ser porque estaban resfriados o tal vez con gripe A, producto de la mala política de Salud del gobierno Nacional.
Avanzada la investigación, este medio pudo comprobar que además en la denominación en clave de la red había un nombre propio que bien podría ser una señal para que los inspectores del gobierno pudieran verificar que el negocio pertenecía a la presunta red. Los negocios, identificados por todo el país como “Taller de Marcos”, bien podrían aludir a una organización delictiva de origen mexicano. “Marcos es el nombre del subcomandante, un rebelde muy popular en México”, confirmó Claunhei. PyE no se dejará amedrentar por el ocultamiento urdido presuntamente por el poder y seguirá investigando.
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julio 04, 2010
Reflexiones sobre la prensa y la precarización
Un día domingo, futbolero por tradición y después del baldazo de ajuste germano que sufrió la selección argentina, vale la pena pensar en algo que no sea el deporte más popular, como para quitarse de encima el sabor de la derrota. Aunque a veces no se pueda y algunos no quieran. Sobre todo si uno lee titulares con mala intención como el que nos propinó La Nación online apenas terminó el partido de ayer: "Alemania desnudó las falencias de la Argentina". ¿Qué quisieron decir el titulero y su mandamás de La Nación? ¿Que la Argentina tiene grandes falencias porque no hace su ajuste y que Alemania, cabeza del ajuste europeo nos dió una lección? ¿Es caprichosa la interpretación? Tal vez, pero uno tiene derecho a pensar que si Eliseo Verón no fuera actualmente parte interesada, porque es funcionario de un grupo mediático, tal vez se haría un picnic con el encabezamiento del segundo diario en importancia de la Argentina.
Pero mejor volvamos a la información y el periodismo. Cualquiera sea el punto de vista de análisis que se adopte acerca del rol de los medios de comunicación masiva y de los periodistas que en ellos o para ellos trabajan, habrá una coincidencia: Son indispensables para poner en común ciertos temas de actualidad. La pregunta que uno se formula a diario es, a partir de la precarización laboral y de la concentración de los medios masivos, ¿en qué lugar quedó la creación de ciudadanía?
Cada vez queda más claro que si se sumaran los trabajadores de prensa que están asalariados y concentrados al estilo fordista en empresas con redacciones, áreas administrativas y talleres, difícilmente se alcanzaría una cifra igual o superior a la de los periodistas precarizados: Monotributistas colaboradores que venden "servicio informativo" a cambio de lo que el empresario quiera pagarle; cooperativistas, microempresarios y grupos de autogestión que no ganan lo que un principiante en un diario; colaboradores "sub 24" que escriben durante años para los medios y los suspenden a la nota 23, para que no puedan pasar a "permanentes" y otros formatos de marginación, a veces aceptado por la propia víctima, paradójicamente, porque en una redacción no le permitirían trabajar 24 horas y al mismo tiempo cuidar a los pibes, hacer las compras, estudiar para un final o tomar unos mates con la novia o el novio.
Si hay algo que tienen en común todos los precarizados es que jamás tienen vacaciones; que duermen cuando pueden, si es que duermen; que desconocen lo que es el aguinaldo y mucho menos lo que es tomarse días para rendir un examen o enfermarse y que no sólo le conserven el trabajo sino que, además, ¡le paguen el sueldo! Eso es algo que una mayoría de los periodistas casi no conocen, salvo que tengan unos años encima o que hayan trabajado alguna vez en relación de dependencia.
Los precarizados-marginados propios del periodismo de la postmodernidad están sujetos a las presiones más excecrables, a sometimientos de su dignidad propios de la edad media o, para ser más rigurosos, del modo de producción esclavista.
¿Hay leyes que protegen contra el acoso sexual? Vayan a preguntarle a las colegas que necesitan escribir en un medio para darle de comer a sus hijos qué es el acoso y quién las protege.
¿Los trabajadores de prensa tenemos un Estatuto que dice que nuestra jornada laboral es de 6 horas y media? Vayan a explicarle a los que trabajan desde las 6 y hasta las 3 de la mañana del día siguiente, que comen frente a la computadora y que ni siquiera saben si su nota será publicada y si se la pagarán, que hay un Estatuto que los protege.
¿Hay libertad de conciencia para escribir? Vayan a explicarle a los colaboradores a los cuales mandan a hacer entrevistas a empresarios, que luego de entregadas serán corregidas por los propios empresarios, si la libertad de conciencia existe. ¿Que no las firmen? Vayan a explicarle a los quince o veinte colaboradores que visitan la misma redacción todas las semanas para escribir la misma nota, con las mismas características, a un precio más bajo y sin pruritos morales.
¿Los trabajadores de prensa tienen jubilación y deben pelear por el 82 por ciento móvil? Vayan a explicarle a los colaboradores que pagan el monotributo, su obra social y que se jubilarán inevitablemente, si llegan vivos, con el mínimo posible, porque no pueden acreditar sueldos sino los aportes del monotributo.
Tanta miseria han provocado reacciones diversas. Los marginados tienen la necesidad de que alguien los reconozca, que los acepte como periodistas. No es un problema de los que tienen 30 años de periodistas sino de los que recién comienzan y ya son marginalizados, sin que nadie los reconozca ni se ocupe de ellos. Cualquiera que los reconozca, que les brinde una credencial y los acepte puede aprovechar la ocasión, si es que prioriza las cuentas antes que la solidaridad. ¿Cuál es la solución?¿Protestar porque los aceptan?
Tal vez la solución no sea denostar a los marginalizados y repudiar a los que hacen uso electoral de ellos, porque al menos previamente los consideraron periodistas, aceptaron que son marginales y que están en inferioridad de condiciones, les dieron un lugar para usar una pileta y comer un asado y cada tanto los convocan para que griten contra alguien y se sientan parte de algo.
Otros los consideran transparentes, invisibles. Se olvidan de que hay quienes les niegan ser parte de cualquier cosa, los toman como mano de obra barata y maleable, nada más. Sus cuerpos les pertenecen, por recordar ligeramente a un tal Foucault y hasta se dan el lujo de enojarse cuando de sus cuantiosas ganancias tienen que destinar algunos miles para pagar una indemnización. Porque el colaborador marginalizado es reconocido como periodista cuando llega el día de su muerte profesional: Lo echan, hace juicio y unos hipócritas jueces y un hipócrita ministerio de Trabajo gestionarán una indemnización, mientras el pool de gerentes de Recursos Humanos de las empresas hará un tilde sobre un nombre y un apellido para que el sacrílego no vuelva a trabajar.
Con miles de periodistas precarizados y sometidos a un régimen de trabajo vil, con el resto de sus compañeros que los invisibilizan con la idea de que la minoría asalariada es la única que ejerce el periodismo, con una justicia laboral tán hipócrita como los ministerios de Trabajo, difícilmente el periodismo alguna vez vuelva a generar ciudadanía.
Será, a lo sumo, un conjunto en el que se priorice el espectáculo por encima de la información. En el que siga aplaudiendo cuando un periodista firma un contrato millonario con una empresa anunciante a cambio de defender los ajustes económicos, las políticas neoliberales y las corruptelas; pero se los castigue si alguno quiere investigar el lado oscuro de la corrupción. Serán carne de cañón para ir a investigar a funcionarios, siempre que no toquen a los corruptores que pusieron la plata. Eso a pesar de que cometen un doble delito, porque pagan sobornos y esos sobornos son para poder hacer lo que las leyes prohiben o deberíon prohibir. Allí nadie meterá las manos. Es otra ventaja de tener colaboradores precarizados en lugar de periodistas asalariados. Se los puede manipular con mayor facilidad y serán invisibles para los sindicatos y los sindicalistas.
Y no se trata de un problema del oficialismo o de la oposición, sino de una lógica perversa de precarización. Basta con ver cómo los intentos loables del Gobierno para armar un grupo de empresas periodísticas que compense el poder descomunal de los grupos mediáticos termina reproduciendo el esquema de aquellos a quienes quieren combatir, construyen espejando a los grandes multimedios. En lugar de abrir fuentes de trabajo para los periodistas precarizados, abren fuentes para segundos y terceros trabajos de periodistas asalariados. En lugar de aliviar la precarización la reproducen y fortalecen.
Sean medios oficiales o fogoneados por la oposición, son siempre las mismas caras en todos los medios y en los que están por aparecer. Los mismos nombres y apellidos que se repiten en agencias, diarios, revistas, radios y TV. Oficialistas y opositores en eso se unen por la precarización, construyendo aparatos de medios con periodistas con doble o triple empleo asalariado, mientras miles de periodistas son luego llamados a "colaborar", o sea a presentar sumarios o a llevar "columnas auspiciadas", trabajo vil y metodología repugnante que pasa más allá de las ideologías.
Mientras algunos discuten cómo hacer para concentrar más los medios y se oponen a la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisuales, mientras del otro lado invierten y se esfuerzan por abrir espacios para que el pueblo pueda leer otra cosa que lo que dicen cuatro o cinco empresarios, al margen de ambos habrá miles de periodistas marginados, que seguirán trabajando 24 horas, sin aguinaldo, sin vacaciones, sin estabilidad, pagando su monotributo, su impuesto al cheque, su computadora, su conexión a Internet, su teléfono, sin poder enfermarse, sin poder descansar un fin de semana. O, como hemos hecho algunos, nos dedicaremos a otra cosa y el periodismo será un aporte part time. Pero la gran mayoría no puede darse esos lujos.
Pero mejor volvamos a la información y el periodismo. Cualquiera sea el punto de vista de análisis que se adopte acerca del rol de los medios de comunicación masiva y de los periodistas que en ellos o para ellos trabajan, habrá una coincidencia: Son indispensables para poner en común ciertos temas de actualidad. La pregunta que uno se formula a diario es, a partir de la precarización laboral y de la concentración de los medios masivos, ¿en qué lugar quedó la creación de ciudadanía?
Cada vez queda más claro que si se sumaran los trabajadores de prensa que están asalariados y concentrados al estilo fordista en empresas con redacciones, áreas administrativas y talleres, difícilmente se alcanzaría una cifra igual o superior a la de los periodistas precarizados: Monotributistas colaboradores que venden "servicio informativo" a cambio de lo que el empresario quiera pagarle; cooperativistas, microempresarios y grupos de autogestión que no ganan lo que un principiante en un diario; colaboradores "sub 24" que escriben durante años para los medios y los suspenden a la nota 23, para que no puedan pasar a "permanentes" y otros formatos de marginación, a veces aceptado por la propia víctima, paradójicamente, porque en una redacción no le permitirían trabajar 24 horas y al mismo tiempo cuidar a los pibes, hacer las compras, estudiar para un final o tomar unos mates con la novia o el novio.
Si hay algo que tienen en común todos los precarizados es que jamás tienen vacaciones; que duermen cuando pueden, si es que duermen; que desconocen lo que es el aguinaldo y mucho menos lo que es tomarse días para rendir un examen o enfermarse y que no sólo le conserven el trabajo sino que, además, ¡le paguen el sueldo! Eso es algo que una mayoría de los periodistas casi no conocen, salvo que tengan unos años encima o que hayan trabajado alguna vez en relación de dependencia.
Los precarizados-marginados propios del periodismo de la postmodernidad están sujetos a las presiones más excecrables, a sometimientos de su dignidad propios de la edad media o, para ser más rigurosos, del modo de producción esclavista.
¿Hay leyes que protegen contra el acoso sexual? Vayan a preguntarle a las colegas que necesitan escribir en un medio para darle de comer a sus hijos qué es el acoso y quién las protege.
¿Los trabajadores de prensa tenemos un Estatuto que dice que nuestra jornada laboral es de 6 horas y media? Vayan a explicarle a los que trabajan desde las 6 y hasta las 3 de la mañana del día siguiente, que comen frente a la computadora y que ni siquiera saben si su nota será publicada y si se la pagarán, que hay un Estatuto que los protege.
¿Hay libertad de conciencia para escribir? Vayan a explicarle a los colaboradores a los cuales mandan a hacer entrevistas a empresarios, que luego de entregadas serán corregidas por los propios empresarios, si la libertad de conciencia existe. ¿Que no las firmen? Vayan a explicarle a los quince o veinte colaboradores que visitan la misma redacción todas las semanas para escribir la misma nota, con las mismas características, a un precio más bajo y sin pruritos morales.
¿Los trabajadores de prensa tienen jubilación y deben pelear por el 82 por ciento móvil? Vayan a explicarle a los colaboradores que pagan el monotributo, su obra social y que se jubilarán inevitablemente, si llegan vivos, con el mínimo posible, porque no pueden acreditar sueldos sino los aportes del monotributo.
Tanta miseria han provocado reacciones diversas. Los marginados tienen la necesidad de que alguien los reconozca, que los acepte como periodistas. No es un problema de los que tienen 30 años de periodistas sino de los que recién comienzan y ya son marginalizados, sin que nadie los reconozca ni se ocupe de ellos. Cualquiera que los reconozca, que les brinde una credencial y los acepte puede aprovechar la ocasión, si es que prioriza las cuentas antes que la solidaridad. ¿Cuál es la solución?¿Protestar porque los aceptan?
Tal vez la solución no sea denostar a los marginalizados y repudiar a los que hacen uso electoral de ellos, porque al menos previamente los consideraron periodistas, aceptaron que son marginales y que están en inferioridad de condiciones, les dieron un lugar para usar una pileta y comer un asado y cada tanto los convocan para que griten contra alguien y se sientan parte de algo.
Otros los consideran transparentes, invisibles. Se olvidan de que hay quienes les niegan ser parte de cualquier cosa, los toman como mano de obra barata y maleable, nada más. Sus cuerpos les pertenecen, por recordar ligeramente a un tal Foucault y hasta se dan el lujo de enojarse cuando de sus cuantiosas ganancias tienen que destinar algunos miles para pagar una indemnización. Porque el colaborador marginalizado es reconocido como periodista cuando llega el día de su muerte profesional: Lo echan, hace juicio y unos hipócritas jueces y un hipócrita ministerio de Trabajo gestionarán una indemnización, mientras el pool de gerentes de Recursos Humanos de las empresas hará un tilde sobre un nombre y un apellido para que el sacrílego no vuelva a trabajar.
Con miles de periodistas precarizados y sometidos a un régimen de trabajo vil, con el resto de sus compañeros que los invisibilizan con la idea de que la minoría asalariada es la única que ejerce el periodismo, con una justicia laboral tán hipócrita como los ministerios de Trabajo, difícilmente el periodismo alguna vez vuelva a generar ciudadanía.
Será, a lo sumo, un conjunto en el que se priorice el espectáculo por encima de la información. En el que siga aplaudiendo cuando un periodista firma un contrato millonario con una empresa anunciante a cambio de defender los ajustes económicos, las políticas neoliberales y las corruptelas; pero se los castigue si alguno quiere investigar el lado oscuro de la corrupción. Serán carne de cañón para ir a investigar a funcionarios, siempre que no toquen a los corruptores que pusieron la plata. Eso a pesar de que cometen un doble delito, porque pagan sobornos y esos sobornos son para poder hacer lo que las leyes prohiben o deberíon prohibir. Allí nadie meterá las manos. Es otra ventaja de tener colaboradores precarizados en lugar de periodistas asalariados. Se los puede manipular con mayor facilidad y serán invisibles para los sindicatos y los sindicalistas.
Y no se trata de un problema del oficialismo o de la oposición, sino de una lógica perversa de precarización. Basta con ver cómo los intentos loables del Gobierno para armar un grupo de empresas periodísticas que compense el poder descomunal de los grupos mediáticos termina reproduciendo el esquema de aquellos a quienes quieren combatir, construyen espejando a los grandes multimedios. En lugar de abrir fuentes de trabajo para los periodistas precarizados, abren fuentes para segundos y terceros trabajos de periodistas asalariados. En lugar de aliviar la precarización la reproducen y fortalecen.
Sean medios oficiales o fogoneados por la oposición, son siempre las mismas caras en todos los medios y en los que están por aparecer. Los mismos nombres y apellidos que se repiten en agencias, diarios, revistas, radios y TV. Oficialistas y opositores en eso se unen por la precarización, construyendo aparatos de medios con periodistas con doble o triple empleo asalariado, mientras miles de periodistas son luego llamados a "colaborar", o sea a presentar sumarios o a llevar "columnas auspiciadas", trabajo vil y metodología repugnante que pasa más allá de las ideologías.
Mientras algunos discuten cómo hacer para concentrar más los medios y se oponen a la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisuales, mientras del otro lado invierten y se esfuerzan por abrir espacios para que el pueblo pueda leer otra cosa que lo que dicen cuatro o cinco empresarios, al margen de ambos habrá miles de periodistas marginados, que seguirán trabajando 24 horas, sin aguinaldo, sin vacaciones, sin estabilidad, pagando su monotributo, su impuesto al cheque, su computadora, su conexión a Internet, su teléfono, sin poder enfermarse, sin poder descansar un fin de semana. O, como hemos hecho algunos, nos dedicaremos a otra cosa y el periodismo será un aporte part time. Pero la gran mayoría no puede darse esos lujos.
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junio 30, 2010
Postales de una asamblea gremial de prensa
Para quienes a comienzos de los años 80 del siglo pasado participamos de las asambleas fundacionales de la Unión de Trabajadores de Prensa de Buenos Aires (UTPBA), cuando los afiliados a la Asociación de Periodistas de Buenos Aires (APBA) y los del Sindicato de Prensa levantamos las manos para crear un gremio que representara a todos los periodistas de la Capital Federal y el Conurbano bonaerense, las imágenes de la Asamblea Extraordinaria de ayer martes 29 de junio nos dejaron un sabor extraño.
El escenario montado por la conducción gremial que administra la UTPBA desde hace 26 años fue un remedo de las reuniones de campaña de los candidatos republicanos y demócratas en las elecciones estadounidenses. Había una abundante cantidad de banderitas celestes y blancas y otros elementos de merchandising, y en la puerta, por razones de seguridad, los partidarios de la actual conducción tiraron petardos y bengalas, abonados evidentemente con el dinero de las cuotas de los trabajadores de prensa, a quienes nadie consultó si el gasto para apoyar a una agrupación se justificaba. Tal vez lo hayan puesto los dirigentes de sus bolsillos, pero considerando que hace 26 años que viven de un sueldo gremial que surge del aporte de los afiliados, tampoco se entiende la "inversión".
Los asistentes a la Asamblea fueron unos 500, que con toda las ganas podrían haber llegado a 600, calculado con el ojo de quienes están acostumbrados a estimar el número de participantes de reuniones, movilizaciones y otros actos. De esos 600, una parte fueron registrados prolijamente mediante la presentación de sus carnets de afiliados. El resto eran jóvenes que llegaron en micros que rentaron algunos dirigentes políticos y de otros gremios. Entraron directamente, sin control alguno, sin anotarse, sin que alguien verificara si eran afiliados.
El clima de las tribunas fue patético. De un lado, las agrupaciones opositoras, que cantaban "paritarias, paritarias", dado que los periodistas no tenemos paritarias desde hace muchos años. Del otro, los jóvenes enfurecidos que bajaron de las combis, empleados del gremio -los había de todas las áreas- y algunos dirigentes.
Lo más curioso de la postal fue la reacción de los jóvenes que bajaron de las combis, porque cada vez que un dirigente de la oposición pedía la palabra, bajaban las voces para dejarlo hablar, no sin que antes mediara un ruego de Daniel Das Neves, secretario General. Pero la rechifla aparecía cuando el dirigente hacía mención a sus veintipico de años de afiliado al gremio o de su condición de periodista. Daba la sensación de que estos pibes bajados de las combis no venían de algún diario, o de sus casas como colaboradores sino enviados por algún dirigente político o gremial que poco o nada sabía de la UTPBA y del periodismo. Sonaba extraño que los exasperara que los "otros" fueran periodistas y afiliados antiguos del gremio, en una entidad en la cual siempre fue un orgullo ser periodista, trabajador de prensa y afiliado. Algo no cerraba.
La Asamblea comenzó con una moción de orden presentada por un delegado que fue chiflado -claro, haber trabajado durante años en un diario y ser afiliado y delegado parecía un estigma- pero que gracias a la intervención, otra vez, de Das Neves, pudo hablar para reclamar que la Asamblea se hiciera con veedores del ministerio de Trabajo y que el control de la afiliación de los delegados se hiciera de manera legal. La moción fue votada en contra, aunque nadie supo quiénes votaban, porque nadie sabía si los chicos que se bajaron de las combis eran afiliados.
Lo más triste de todo fue la votación para la Junta Electoral. El oficialismo presentó dos listas, para quedarse con la mayoría y con la minoría, de manera que no hubiera presencia opositora en la Junta, encargada de garantizar la limpieza de los comicios de setiembre próximo. La oposición, que había llevado 143 afiliados perfectamente contabilizados, presentó su lista de candidatos. De manera extraña, primero se contó el número de votos de la lista que se mocionó en tercer lugar -o sea, se alteró el orden- una técnica que los gremialistas conocen tanto como los dirigentes de fútbol. Cuando se juegan partidos importantes, el que juega con el resultado puesto tiene ventaja.
Fue entonces cuando la reunión se ganó un capítulo extra de Cien Años de Soledad. Un periodista prestigioso como Jorge Búsico fue el encargado de contar los votos de la oposición. Sumó 59, cosa extraña porque todos sabíamos que Búsico no es un hombre que no sepa contar. ¿Sería porque tenían preparados 65 votos para asegurarse la segunda minoría? Vaya uno a saber.
El pobre Búsico, protagonista de una escena que a muchos nos llenó de tristeza, hizo un conteo rápido, rapidísimo, de los votos de la segunda lista oficialista. Contó unos 200 y pico, a grosso modo. Luego contó los votos de la lista número 1 del oficialismo y la cifra fue de algo más de 300 votos, también a ojímetro y sin verificar si votaban los mismos en ambas listas de la conducción del gremio.
Todo fue tan evidente, que la oposición pidió un recuento de sus votos. Das Neves accedió y allí fue Búsico a recontar. Esta vez los 59 se convirtieron en 92, o sea un 50 por ciento más que en el primer conteo. ¿Se había equivocado antes o ahora?¿Por qué no recontó y en serio los votos de las dos listas oficialistas? Vaya uno a saber. Lo concreto es que por primera vez se encontraron con una oposición que reclamó que las juntas electorales fueran pluralistas y no un trámite burocrático.
Afuera, una barra de trabajadores de Crítica cantaba "se va a acabar, la burocracia sindical", mientras la oposición se retiraba tras la votación y hacía bromas sobre los problemas matemáticos de los periodistas. La noche cubría al barrio de Villa Crespo, donde está enclavada la cancha de Atlanta, tal vez como una proyección de la realidad de un gremio cruzado por las contradicciones. Un gremio que dejó libres las manos de Domingo Cavallo para que precarizara a los periodistas, convertidos en marginales con factura, mientras que al mismo tiempo el gremio de Actores luchaba y lograba impedir que el sistema se le aplicara a sus afiliados. Un gremio que no participa de asambleas, que no impulsa paritarias y que dejó caer la obra social hasta su virtual desaparición. Una conducción que se viste con un ropaje de izquierda, pero que se negó a pronunciarse sobre la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual hasta que la ley fue aprobada.
No se trata de burócratas enriquecidos a costas de los aportes de los afiliados, sino simplemente de gremialistas que armaron un circuito que les permite perpetuarse en sus cargos, para lo cual todo pasa por la imagen, los viajes a distintos lugares del mundo para hablar de lucha y de libertad de expresión y tratar de hacer la plancha lo mejor posible en los medios argentinos. En una UTPBA que alguna vez fue un orgullo para los periodistas -con muchos de estos mismos gremialistas a la cabeza-, habrá elecciones con una junta electoral que manejará los padrones y que podrá definir quién vota y quién no vota, porque no habrá ni siquiera un delegado opositor para dar testimonio de lo que ocurra entre esas cuatro paredes. De allí la tristeza.
Ah, hubo un minuto de aplausos en honor a los periodistas desaparecidos durante la última dictadura militar, propuesta por la conducción y que unificó a todos. Un viejo afiliado recordaría después que uno de los desaparecidos más representativos del gremio, Rodolfo Walsh, era un hombre riguroso, preciso y científico a la hora de trabajar. Lástima que no estaba para sacar las cuentas.
El escenario montado por la conducción gremial que administra la UTPBA desde hace 26 años fue un remedo de las reuniones de campaña de los candidatos republicanos y demócratas en las elecciones estadounidenses. Había una abundante cantidad de banderitas celestes y blancas y otros elementos de merchandising, y en la puerta, por razones de seguridad, los partidarios de la actual conducción tiraron petardos y bengalas, abonados evidentemente con el dinero de las cuotas de los trabajadores de prensa, a quienes nadie consultó si el gasto para apoyar a una agrupación se justificaba. Tal vez lo hayan puesto los dirigentes de sus bolsillos, pero considerando que hace 26 años que viven de un sueldo gremial que surge del aporte de los afiliados, tampoco se entiende la "inversión".
Los asistentes a la Asamblea fueron unos 500, que con toda las ganas podrían haber llegado a 600, calculado con el ojo de quienes están acostumbrados a estimar el número de participantes de reuniones, movilizaciones y otros actos. De esos 600, una parte fueron registrados prolijamente mediante la presentación de sus carnets de afiliados. El resto eran jóvenes que llegaron en micros que rentaron algunos dirigentes políticos y de otros gremios. Entraron directamente, sin control alguno, sin anotarse, sin que alguien verificara si eran afiliados.
El clima de las tribunas fue patético. De un lado, las agrupaciones opositoras, que cantaban "paritarias, paritarias", dado que los periodistas no tenemos paritarias desde hace muchos años. Del otro, los jóvenes enfurecidos que bajaron de las combis, empleados del gremio -los había de todas las áreas- y algunos dirigentes.
Lo más curioso de la postal fue la reacción de los jóvenes que bajaron de las combis, porque cada vez que un dirigente de la oposición pedía la palabra, bajaban las voces para dejarlo hablar, no sin que antes mediara un ruego de Daniel Das Neves, secretario General. Pero la rechifla aparecía cuando el dirigente hacía mención a sus veintipico de años de afiliado al gremio o de su condición de periodista. Daba la sensación de que estos pibes bajados de las combis no venían de algún diario, o de sus casas como colaboradores sino enviados por algún dirigente político o gremial que poco o nada sabía de la UTPBA y del periodismo. Sonaba extraño que los exasperara que los "otros" fueran periodistas y afiliados antiguos del gremio, en una entidad en la cual siempre fue un orgullo ser periodista, trabajador de prensa y afiliado. Algo no cerraba.
La Asamblea comenzó con una moción de orden presentada por un delegado que fue chiflado -claro, haber trabajado durante años en un diario y ser afiliado y delegado parecía un estigma- pero que gracias a la intervención, otra vez, de Das Neves, pudo hablar para reclamar que la Asamblea se hiciera con veedores del ministerio de Trabajo y que el control de la afiliación de los delegados se hiciera de manera legal. La moción fue votada en contra, aunque nadie supo quiénes votaban, porque nadie sabía si los chicos que se bajaron de las combis eran afiliados.
Lo más triste de todo fue la votación para la Junta Electoral. El oficialismo presentó dos listas, para quedarse con la mayoría y con la minoría, de manera que no hubiera presencia opositora en la Junta, encargada de garantizar la limpieza de los comicios de setiembre próximo. La oposición, que había llevado 143 afiliados perfectamente contabilizados, presentó su lista de candidatos. De manera extraña, primero se contó el número de votos de la lista que se mocionó en tercer lugar -o sea, se alteró el orden- una técnica que los gremialistas conocen tanto como los dirigentes de fútbol. Cuando se juegan partidos importantes, el que juega con el resultado puesto tiene ventaja.
Fue entonces cuando la reunión se ganó un capítulo extra de Cien Años de Soledad. Un periodista prestigioso como Jorge Búsico fue el encargado de contar los votos de la oposición. Sumó 59, cosa extraña porque todos sabíamos que Búsico no es un hombre que no sepa contar. ¿Sería porque tenían preparados 65 votos para asegurarse la segunda minoría? Vaya uno a saber.
El pobre Búsico, protagonista de una escena que a muchos nos llenó de tristeza, hizo un conteo rápido, rapidísimo, de los votos de la segunda lista oficialista. Contó unos 200 y pico, a grosso modo. Luego contó los votos de la lista número 1 del oficialismo y la cifra fue de algo más de 300 votos, también a ojímetro y sin verificar si votaban los mismos en ambas listas de la conducción del gremio.
Todo fue tan evidente, que la oposición pidió un recuento de sus votos. Das Neves accedió y allí fue Búsico a recontar. Esta vez los 59 se convirtieron en 92, o sea un 50 por ciento más que en el primer conteo. ¿Se había equivocado antes o ahora?¿Por qué no recontó y en serio los votos de las dos listas oficialistas? Vaya uno a saber. Lo concreto es que por primera vez se encontraron con una oposición que reclamó que las juntas electorales fueran pluralistas y no un trámite burocrático.
Afuera, una barra de trabajadores de Crítica cantaba "se va a acabar, la burocracia sindical", mientras la oposición se retiraba tras la votación y hacía bromas sobre los problemas matemáticos de los periodistas. La noche cubría al barrio de Villa Crespo, donde está enclavada la cancha de Atlanta, tal vez como una proyección de la realidad de un gremio cruzado por las contradicciones. Un gremio que dejó libres las manos de Domingo Cavallo para que precarizara a los periodistas, convertidos en marginales con factura, mientras que al mismo tiempo el gremio de Actores luchaba y lograba impedir que el sistema se le aplicara a sus afiliados. Un gremio que no participa de asambleas, que no impulsa paritarias y que dejó caer la obra social hasta su virtual desaparición. Una conducción que se viste con un ropaje de izquierda, pero que se negó a pronunciarse sobre la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual hasta que la ley fue aprobada.
No se trata de burócratas enriquecidos a costas de los aportes de los afiliados, sino simplemente de gremialistas que armaron un circuito que les permite perpetuarse en sus cargos, para lo cual todo pasa por la imagen, los viajes a distintos lugares del mundo para hablar de lucha y de libertad de expresión y tratar de hacer la plancha lo mejor posible en los medios argentinos. En una UTPBA que alguna vez fue un orgullo para los periodistas -con muchos de estos mismos gremialistas a la cabeza-, habrá elecciones con una junta electoral que manejará los padrones y que podrá definir quién vota y quién no vota, porque no habrá ni siquiera un delegado opositor para dar testimonio de lo que ocurra entre esas cuatro paredes. De allí la tristeza.
Ah, hubo un minuto de aplausos en honor a los periodistas desaparecidos durante la última dictadura militar, propuesta por la conducción y que unificó a todos. Un viejo afiliado recordaría después que uno de los desaparecidos más representativos del gremio, Rodolfo Walsh, era un hombre riguroso, preciso y científico a la hora de trabajar. Lástima que no estaba para sacar las cuentas.
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utpba; ostpba; gremio; periodistas; sub 24;
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