La historia demuestra que cuando hay una disputa por el poder, cualquiera sea su naturaleza y su objeto, siempre hay grupos que mantienen una línea de conducta: La falta de escrúpulos. Aquellos que no se cansan de acumular dinero con tasas de ganancias cada vez más altas suelen ser los más drásticos cuando se trata de defender sus privilegios.
Bastaría con recordar lo ocurrido durante las matanzas de nativos que Julio A. Roca impulsó para repartir luego las tierras entre algunos de sus amigos, hoy “apellidos ilustres”. También durante la guerra de la independencia, en la persecución de los inmigrantes de fines del siglo XIX y comienzos del XX, en las sucesivas dictaduras, en los bombardeos de Plaza de Mayo, en la generación de la deuda externa y en tantas otras ocasiones en las cuales los poderosos, siempre vinculados por tramas de dinero y familia, no tienen límites morales para utilizar cualquier arma, si está disponible y les sirve para ganar más poder y más dinero.
Entre tantos acontecimientos históricos que la Argentina ha vivido, el debate por la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual -o Ley de Medios Audiovisuales, según la nomenclatura más sencilla- se ha convertido en uno de los ejes alrededor de los cuales se desató otra pelea por el poder y el dinero. Nuevamente, hay quienes actúan con falta de escrúpulos.
Así como han ganado millones de dólares a costa de clientes cautivos y no sin una ayudita de políticos de todos los orígenes que les han facilitado las cosas, ahora hay empresas y empresarios que están dispuestos a todo para evitar que la Ley se apruebe. Saben que si la libertad de expresión está en juego, no es porque ellos vayan a perder emisoras sino porque por primera vez se vislumbra una oportunidad para que muchos millones de argentinos que tienen vedado su derecho a la libertad de expresión, finalmente puedan expresarse. Y podrán hacerlo, si es que la trama de poder no se enriquece –o empobrece- con nuevos testaferros y testaferros de los testaferros. Quien tenga dudas, puede intentar averiguar quiénes son los dueños de América TV. Tal vez se lleven una sorpresa. O no.
Estos personajes, que suelen demostrar una creatividad bastante limitada para el ejercicio del periodismo y del entretenimiento, tampoco se esfuerzan demasiado para blindar sus emporios. Que algunos diputados o senadores se parezcan cada vez más a los conductores de los programas en los cuales se los promociona, que se oculte lo que dice el adversario o que se lo edite aplicando el nano-periodismo, todo acompañado de un zócalo que desmienta o distorsione lo que el otro dice, no es nuevo ni original.
Tampoco es nuevo ni original que los poderosos, cuando ven ante sí la posibilidad de que alguien consiga un avance de los sectores populares, por pequeño y dudoso que pueda ser ese paso, comiencen a ejecutar rehenes como en las más crudas series estadounidenses. Los rehenes, en este caso, son dos: El público y los periodistas. Al público lo acosan con la posible desaparición de las señales, la pérdida de su libertad de expresión –aunque sepan que es exactamente a la inversa- y otros males que agitan las 24 horas del día.
A los periodistas –e indirectamente al público- lo acosan con presiones para que digan aquello de lo cual no están convencidos. A algunos los han comprado con mucho dinero, especialmente si tienen algún pasado progre, porque ya se sabe que nada es más fácil que canjear unos cuantos miles de dólares por un poco de pátina progresista. Pero a la mayoría la asustan con los despidos.
Indirectamente se amenaza también al público, porque se les dice que los periodistas perderán su empleo y que, entonces, no habrá más voces sino menos voces en los medios de comunicación. Pero no se quedan allí, huyen hacia delante. Ahora hacen circular los rumores con cifras de despidos y nombres de empresas que supuestamente se desharán de cientos de técnicos y periodistas en un plazo más o menos corto.
Sería bueno que, en lugar de ello, por una vez fueran originales y amenazaran con limitar drásticamente sus tasas de ganancia, que anticiparan el recorte de los mega sueldos de algunos de sus ejecutivos y "animadores" o que aclararan cuánto del poder que generan con sus empresas les sirve para hacer enormes ganancias con otros negocios. También podrían protestar a la japonesa haciendo una autocrítica: Podrían arrepentirse, aunque más no sea un poco, de haber promovido como supuestos gurúes a periodistas o economistas cuyo único mérito es repetir lo que leen o escuchan en Bloomberg o en la CNN y, como ellos, equivocarse en la mayoría de las ocasiones, sin pagar un mísero costo. Lástima, ya sabemos que eso no pasará, que no perderán sus malas costumbres
En la Argentina los medios y sus periodistas, en su inmensa mayoría, han perdido la capacidad de repregunta. Uno puede hacer cualquier tipo de especulación. La versión más conspirativa es que se trata de una malformación congénita que impide repreguntar y que los medios sólo toman a quienes padecen dicho mal. Son habladurías, tal vez nunca sepamos la verdad sobre el asunto, pero la muerte de la repregunta es un hecho en los medios de comunicación argentinos. Vayamos a un ejemplo.
Como digo en mi perfil personal, soy hincha de Vélez. Lo aclaro para que no quepan dudas. Como todos los hinchas de Vélez, sobre todo los que estuvimos en el estadio el día que salimos campeones y muy especialmente los que estábamos muy cerca del arco de Huracán, me espantó ver, escuchar y leer a periodistas de todos los gustos y niveles hablando de "robo" por el bendito gol que Maxi Moralez le hizo a Huracán.
He discutido con periodistas y con público y en las charlas noté que algo raro pasaba: Nadie, pero nadie, había repasado el video del partido y mucho menos el del gol que don Angel Cappa no cuestionó en la cancha pero sí luego en los medios. Medios que le ofrecieron amplios espacios para hablar, insultar y amenazar. Hasta se publicaron columnas de intelectuales extranjeros que, sin haber visto el video ni el partido en directo, emitieron opiniones dignas de mejor causa.
Una de las primeras dudas que me apareció fue por qué nadie le repreguntó al DT de Huracán por qué se puso tan furioso cuando alguien ocultó las pelotas, pero no se se mostró molesto cuando Maxi Moralez hizo el gol. Tampoco cuando Monzón -más parecido al homónimo que tiró a su mujer por la ventana que al campeón que defendió siete veces su corona- recibió una tarjeta amarilla por hacer tiempo. Ni se inmutó, de lo cual se deduce que admitió lo que era harto evidente: El pibe hacía todo lo que podía para demorar el partido y lograr un empate que lo convirtiera en campeón. Como soy muy generoso, voy a suponer que fue idea del pibe y no una recomendación de su DT.
También es interesante observar que nadie repreguntó a Cappa si su enojo luego del partido era por el gol o porque había perdido el premio especial por ganar el campeonato. Es que los mismos tipos que lo contaron públicamente como ejemplo de un optimismo a toda prueba, luego prefirieron olvidar el hecho, tal vez para no romper el clima místico: Angel Cappa había arreglado en su contrato con Huracán un premio especial -dinero, si- si ganaba el campeonato.
¿Nadie le preguntó por el premio? Nadie. Si el club y Cappa coinciden en que salieron campeones morales y que fue un robo, ¿no sería lógico y justo que le pagaran el premio especial? Nadie se lo va a preguntar, ni a Cappa ni a los dirigentes de Huracán. ¿Se enojó por el dinero o por el gol de Moralez? Vaya uno a saber.
Uno podría seguir haciéndose preguntas. Por ejemplo, si los mismos medios hubieran ofrecido un espacio idéntico, pero no para insultar al arbitro, a Vélez y a sus hinchas sino para permitir que apareciera el otro yo del señor Cappa y contara lo que piensa sobre el rol de esos mismos medios durante la última dictadura. Uno puede sospechar que allí algunos seguirían su camino silbando bajito.
Pero, para volver al eje del asunto, voy a ser insistente: Lo que despertó mi curiosidad fue por qué la mayoría hablaba sin haber repasado una sola vez el partido y mucho menos la jugada del gol. Cuando mucha gente habla de algo que no vió y lo repite, o se trata de dios, de un mito naciente o de una mentira. A lo sumo, es la Espiral del Silencio, una mentira cuyos datos nadie se anima a contrastar, para no ser aislado socialmente. A dios no se lo puede ver, porque no hay videos que se puedan revisar, ampliar, pasar cuadro por cuadro. La religión no tiene zoom y por eso existen -existimos- los agnósticos.
En cambio, en el fútbol basta con tomar un video con la grabación del partido y revisarlo con toda la profundidad que el tiempo y la técnica permitan. ¿Por qué nadie lo hizo? Aquí introduzco una hipótesis más atrevida: Pereza mental. Es más sencillo repetir lo que todos dicen que trabajar e investigar.
Como suele ocurrir, cuando la prensa es perezosa, los únicos que investigan son los interesados directamente, tal como ocurre con algunos delitos y con algunas maniobras políticas o económicas. Naturalmente, fue un hincha de Vélez el que se tomó el trabajo de estudiar a fondo el video del partido y especialmente el gol. Como con Galileo, tal vez dentro de 500 años algunos colegas especializados en deportes reconocerán que "se mueve", que Larrivey flexionó su pierna para no golpearlo, que el golpe no fue intencional, que el arquero no llegó a tomar la pelota, que se tiró para simular un foul que no existió, que se tomó de una parte en la que no hubo contacto y que hizo lo mismo que durante todo el partido: Tiempo, para lograr el empate. Si, los adalides del jogo bonito y el tiki-tiki hicieron tiempo y buscaron el empate durante los 90 minutos. En el gol, inexperto, aunque mañoso y poco profesional, el arquero hizo teatro para la posteridad y perdió la oportunidad de tapar el tiro de Moralez. Esto a Chilavert o a Navarro Montoya no le hubiera ocurrido.
Allí freno y me digo: "Te van a cuestionar porque sos hincha de Vélez". Y me contesto: "Sólo un hincha de Vélez puede salir de la espiral del silencio y decirlo". Algo parecido a lo que ocurre cuando un periodista se escapa de la espiral del silencio y pregunta o repregunta lo que tiene que preguntar ante un político opositor o un empresario agrícola. Inmediatamente le gritan: "Ah, pero usted está con el Gobierno". La descalificación es la mejor manera de no reconocer los errores.
Finalmente, la joyita: El video del célebre gol de Moralez, con cámara detenida. Vale la pena mirarlo y tal vez le sirva a algún periodista para hacer sus análisis sin trabajar. Será suficiente con hacer click aquí o en el vínculo del título de esta nota. Es poco trabajo. Al fin y al cabo, yo tampoco trabajé. El anónimo hincha de Vélez que tomó el video de la TV lo hizo por mi. Gracias. De nada.
Hace un año y un día, el 7 de junio de 2008, se me ocurrió escribir una entrada en Prensa y Etica para reflexionar acerca de la situación de los periodistas en la Argentina. Ayer domingo 7 de junio de 2009, otra vez el día del periodista, mis escasas luces estaban apagadas, dado que la lectura de brulotes, operaciones de prensa, manijas prenseras, columnas de amigovios del poder -del poder en serio- entrevistas repetidas a personajes repetidos que se destacan por sus ideas podadas y sus billeteras frondosas, me habían dejado agotado. Hay que considerar que uno tiene, como máximo, un par de neuronas no siempre bien conectadas, de manera que todo no se puede hacer.
El año próximo el día del periodista caerá un lunes, pero no quiero reiterar errores, así que por las dudas trataré de imaginar la columna que haré para celebrar la fecha, evitando manchar el apellido que un científico prestigioso dejó plasmado en un algoritmo utilizado en matemáticas para, entre otras cosas, hacer proyecciones (Levenberg-Marquardt). Supongo que con el matemático no compartimos gen alguno, pero al menos trataré de no hacer pronósticos demasiado caprichosos, como para hacer honor al tocayo.
Primero, el contexto: Uno quiere creer en el valor de la palabra de periodistas prestigiosos que opinan por la suya –por la del medio para el cual trabajan o del anunciante que les permite tener su programa radial o televisivo- o bien consultan a economistas, encuestadores, políticos y analistas todo terreno. Por eso, habrá que creerles. Si todos los pronósticos que uno lee en los diarios, escucha en los programas radiales y televisivos, blogs, Facebook y hasta en los mensajes del Messenger se cumplen en un porcentaje más o menos aceptable, en 2010 el día del periodista encontrará a la Argentina en bancarrota, a los argentinos en plena guerra civil y a un grupo de distinguidos colegas en plena preparación de la celebración del primer aniversario de la derrota electoral del oficialismo nacional. No será el mejor clima para recordar a Mariano Moreno ni para festejar el día del periodista, pero uno hace lo que puede y lo seguirá haciendo:
"Este año celebramos el día del periodista en un contexto económico, político y social que recuerda al Apocalipsis, al de la Biblia, no al de Lilita. Con un país aislado del mundo, con el Banco Central vaciado por la política oficial de repartir dólares para evitar la catástrofe -que, de todos modos, llegó-, con una economía que llora la ausencia de los analistas de Lehman Brothers y con un aparato productivo agotado por la falta de mercados externos y la debilidad del mercado interno, la situación de los periodistas no ha variado demasiado.
El anteproyecto de Ley de Comunicación Audiovisual sigue a la espera de un impulso definitivo. Luego de los largos debates que se hicieron en todo el país y de los cuales los diarios, revistas, radios y canales de televisión todavía no se enteraron, el Gobierno decidió mantenerlo en su carácter de anteproyecto, dado que, a juzgar por las opiniones que se pueden leer, ver y escuchar, le alcanza para colocar una mordaza a los medios.
Como se sabe, el Estatuto del Periodista sigue vigente pero por razones que ya hemos explicado hace un par de años, el porcentaje de trabajadores de prensa que son empleados de los medios de comunicación varió poco o nada y sigue siendo mucho menor que el de los periodistas autónomos, proveedores de contenidos a destajo –los “auto explotados”, como se los ha denominado- o procesadores de información elaborada por sus anunciantes. Al parecer, el Estatuto que tanto ha preocupado a los próceres de la libertad de expresión –como el dueño de la editorial Perfil, don Jorge Fontevecchia- no logró en sus décadas de vigencia, evitar que las empresas descargaran sus costos hacia los domicilios de los periodistas, que ahorraran problemas con paros y medidas de fuerza gracias a la descentralización de sus “proveedores” y que, objetivamente, el nivel de precarización de los periodistas fuera superior al promedio del resto de los trabajadores.
Como todos los años, trabajar en periodismo ya no implica estudiar, leer, estar informado, tener fuentes diversas y aplicar responsablemente las rutinas profesionales. Alcanza con tener una computadora y una conexión de Internet en casa, pagar los impuestos, tener un registro de monotributista y trabajar 24 horas diarias, siempre a disposición de generosos empresarios que 23 veces al año les permiten escribir o figurar. Todos ellos, además, están muy agradecidos porque pueden dormir cuatro o cinco horas diarias, pero no tienen que ir a una redacción.
El ejercicio del periodismo admite otras variantes mejor pagas, pero no por ello menos sacrificadas. La más habitual es conseguir unos buenos anunciantes –a veces abiertos, en otros casos prudentemente ocultos- para pagar un espacio en radio o en TV. No es complicado, si el profesional tiene los contactos necesarios y los escrúpulos en baja. A lo sumo, tendrá que defender con entusiasmo la santidad de algún producto medicinal, alguna sustancia utilizada para fumigar cultivos o una campaña de rumores.
Es el camino que año a año unos cuantos profesionales eligen, hasta el punto que se consolidó la presencia diaria de colegas con antecedentes “progre”, que alguna vez hasta defendieron los derechos humanos o denunciaron como corruptos o corruptores a los mismos que ahora defienden. Naturalmente, no se trata de un sector homogéneo. En muchos casos parece tratarse de colegas con un espíritu de sacrificio encomiable, que los llevó a dejar amigos y vecinos para internarse en Nordelta y otros barrios privados del gran Buenos Aires, seguramente para investigar los orígenes dudosos de algunas fortunas.
Mientras tanto, la vida de los periodistas fue afectada como siempre y tal vez más que nunca por la conjugación del celo del Ministerio de Trabajo y de los gremios. La “cartera laboral”, como la mencionan algunos colegas, trató de mantener la coherencia histórica y continuó empujando a los trabajadores de prensa al borde del precipicio: O saltan al vacío del juicio laboral para hacerse de unos pesos con los cuales aguantar un tiempo más, o se dan vuelta, si los dejan y aceptan la violación del Estatuto del Periodista.
Los gremios continuaron escribiendo prolijos análisis de la realidad de la profesión y pusieron su foco en la lucha por la defensa de los periodistas asalariados. Hubo aumentos salariales en todas las empresas, gracias a una lucha que pocos hoy se atreverían a cuestionar. Faltaría que se enteraran los miles de “colaboradores” cuyos ingresos no varían y hasta algunas veces pueden llegar a bajar. Como siempre –y con total justicia- los gremios reivindicaron los aumentos salariales y trataron infructuosamente de conseguir algo para los “colaboradores”.
A su vez, las oposiciones de izquierda testimonial cuestionaron a las conducciones gremiales por no haber conseguido mayores aumentos de sueldo y de paso cuestionaron medidas demagógicas como la de permitir a los periodistas precarizados que se afilien a su gremio y que usen la obra social.
Finalmente, también se consolidó durante este año la tendencia a precarizar a los periodistas y, en muchos casos, de reemplazar a costosos profesionales caducos y vejetes de 35 o 40 años por lúcidos niños de 19, listos para hacer sus primeras letras editando una página o una sección. Los despidos hormiga –perdón por la analogía con el contrabando- que viene haciendo el diario La Nación, bien valen como ejemplo. Gracias a la lucha gremial, cuando los despidos hormiga pretendieron convertirse en elefante, fueron frenados.
En suma, durante este año pasó lo de siempre: Muchos periodistas asalariados dependieron de las luchas gremiales para lograr un aumento en sus ingresos y fortalecer su estabilidad laboral. Otros tuvieron que esperar que alguna de las empresas para las cuales trabajan a destajo les aumentara los ingresos –algunas lo hicieron, hay que admitirlo- y que, además, les permitieran seguir trabajando, lo cual ya es mucho. Hemos llegado a otro día del periodista. Festejemos, que el año que viene será 2011 y uno nunca sabe dónde estará."
Busqué en Clarín, pero no decía nada. Tal vez en La Nación, que siempre se preocupa por la autonomía del país, pero ni siquiera Joaquín Morales Solá se refería al tema. Puede que Alfredo Leuco en alguna de sus columnas en Perfil haya abordado el asunto, pero tampoco. Desesperanzado, traté de ver si en Crítica, a pesar de sus periodistas pero a favor de sus dueños aparecía alguna mención, alguna advertencia, un pequeño llamado a la conciencia de los argentinos. Nada, tampoco ellos. Tomé una dosis extra de antiemético –no recuerdo si era Reliverán o algún genérico- y escuché el programa de Nelson Castro, con la esperanza de que entre reportaje y reportaje a Carrió, el jujeño Morales o el rabino Bergman, hablara del asunto, nos alertara. Pero, otra vez, nada. Por la mañana ya había resistido las náuseas mientras Magdalena hacía la promoción sojera –entre otras marcas y propagandas que suele mencionar al aire- con la esperanza de que ella si, mujer valiente y del palo, algo iba a decir. Nada, otra vez nada. Creí que tal vez Chiche Gelblung, con su habitual mordacidad y su poco cuidado por las formas iba a tomar el tema. Nuevamente, la frustración. Lo mismo me ocurrió cuando intenté averiguar qué pensaban los periodistas “progres”, porque, pensé, de todos modos el negocio no afecta a su sustento básico, el glifosato y la soja. Pero nada, tampoco se jugaron, ninguno hizo la denuncia. Finalmente tomé la decisión y, desde este humilde blog resolví dar testimonio de un agravio que todos los medios han acallado pero que sin dudas está amenazando a la democracia y a toda la humanidad. Vayamos a la mera descripción de los hechos: Primero el gobierno de George Bush dejó caer a la poderosa Lehman Brothers, cuyos economistas venían haciendo profundos análisis sobre los mercados del mundo. Luego estatizaron varios bancos y empresas, para lo cual destinaron cientos de miles de millones de dólares de los contribuyentes estadounidenses. La ola de estatizaciones avanzó hacia Europa, donde no sólo los gobiernos socialdemócratas sino hasta los más confiables, como el de Silvio Berlusconi en Italia o de Nicolás Zarkosi en Francia recurrieron a las inversiones estatales en más de un banco o empresa. La ola estatista no cesó. Cuando el Citibank cayó en desgracia, otra vez el Estado de los Estados Unidos, ya bajo el gobierno de dudoso origen democrático de Barack Obama, puso todos los millones de dólares que hicieron falta para convertirlo en una especie de banco-soviet. ¡Qué horror!, nada menos que el Citi, después de todo el esfuerzo desinteresado que hicieron los medios y los economistas argentinos para que se les pagara la deuda. Pero si algo faltaba para llegar al pico de la ola estatista-autoritaria-socialistoide del gobierno de Obama, ahora busca salvar la caída de General Motors, otra vez mediante una estatización. Como ninguno de nuestros prohombres ni promujeres del periodismo argentino, herederos del cuño de otros próceres, como Bernardo Neustadt o Mariano Grondona, se atrevió a denunciarlo, vamos a hacerlo aquí: El socialismo chavista se apoderó de los Estados Unidos. El mundo, comenzando por la Argentina, está en peligro. Hagamos algo, antes de que sea tarde. Después no digan que no les avisé.