
La guerrilla estaba derrotada, los grupos armados diezmados ya no estaban en condiciones de tomar un jardín de infantes. Lo reconocían en off the record: Eran impotentes, eran pocos, no tenían armas ni podían pensar en otra cosa que en dejar pasar el tiempo y tratar de salvarse.
Había un poder sindical que poco antes había echado de la Casa Rosada nada menos que a José López Rega. Había comisiones internas en lucha en todas las fábricas. Había un movimiento estudiantil anárquico, como siempre, pero que defendía la universidad pública.
Del otro lado estaba la Asamblea Permanente de Entidades Gremiales Empresarias (APEGE), fundada casualmente en agosto de 1975 y que en 2002 sería reemplazada por la Asociación Empresaria Argentina (AEA), conducida hoy por Luis Pagani, Paolo Rocca, Héctor Magnetto y Sebastián Bagó. La integraban el Consejo Empresario Argentino (CEA), la Sociedad Rural Argentina, la Unión Comercial Argentina, la Cámara Argentina de la Construcción, la Cámara Argentina de Comercio, la Federación Económica de la Provincia de Buenos Aires, las Confederaciones Rurales Argentinas, la Cámara de Sociedades Anónimas, la Asociación de Industriales Metalúrgicos de Rosario y la Copal, entidad del sector de la alimentación.
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Periodistas desaparecidos |
Pero la señal que de que estaba todo perdido, además de las canallescas tapas de los diarios como La Razón y La Nación, que anunciaban “el fin” del gobierno constitucional, fue el discurso de Oscar Alende, un hombre muy querido y muy respetado, un líder que había recibido más de un millón de votos de la izquierda durante las elecciones de 1973 y en quien millones de argentinos tenían puestas sus esperanzas. En lugar de usar ése, su último discurso antes del golpe y quizá el último discurso público de un político antes del golpe para repudiar a la APEGE y para exigir a los militares el respeto a la constitución, para defender la democracia y repudiar cualquier intento de golpe, dedicó sus minutos disponibles a lanzar decenas de acusaciones contra el gobierno constitucional –seguramente la mayoría de ellas eran totalmente ciertas- y contra el imperialismo. De la defensa de la Constitución, nada. Si no fuera porque no le llega ni a los talones al ex gobernador bonaerense, uno podría decir que hoy Pino Solanas está igualmente desorientado, no visualiza la contradicción principal y se concentra en las utopías.
Mientras, miles de otros hombres que "pensaban feo" ya eran cazados como fieras. Como aquel maestro Alfredo Bravo, quien por sus ideas y su militancia social sería secuestrado. Y vendría la noche en Ledesma, Jujuy, con los aristocráticos Blaquier enviando a los gendarmes de la dictadura a matar y secuestrar a la población, a su intendente Aredes y a cuanto pobre "potencialmente peligroso" hubiera. Y el 16 de setiembre, con el secuestro, tortura y asesinato de chicos de escuela secundaria. Y el secuestro y tortura de monjas, obispos, curas, obreros, estudiantes y toda una generación que debía desaparecer, porque la oligarquía no quería transmisión de ideas y experiencias y ya sabía como hacerlo. Como cuando asesinaron a millones de nativos y alambraron el país para repartirse las tierras.
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Alfredo Bravo |
El 23 el Congreso ya estaba vacío, porque los diputados, senadores y empleados se habían llevado sus pertenencias. El golpe había comenzado. José Martínez de Hoz, nieto del mismo que es homenajeado todos los años por la SRA, sería el hombre que los empresarios pondrían a la cabeza del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional para desaparecer a las comisiones internas, a los estudiantes, a sus centros, a más de un centenar de periodistas, a la opinión pública independiente. José Alfredo Martínez de Hoz que tomaba la batuta detrás de escena era el hombre que había puesto allí nada menos que la Sociedad Rural Argentina, entidad que añoraba la esclavitud rural, herencia de los demócratas y liberales ingleses. De ahí en más, lo recuperarían, como puede observarse cada tanto cuando aparecen los esclavos rurales en algún punto del país.
Aquella mañana del 24 de marzo fui a dar una vuelta disimuladamente, miré el Congreso Nacional mansillado por los militares, me pregunté cuánto duraría aquello, me sorprendí por la alegría de algunos miembros de la clase merda ante el rostro elegante y europeo de José Alfredo Martínez de Hoz. La clase merda, los grandes empresarios y los diarios se habían aliado para repartirse las ganancias del asalto. Se habían juntado como años después harían en la crisis por "la 125". La atmósfera era opresiva y el ambiente peligroso. Volví a tomar el Sarmiento, rumbo a Haedo, al hogar, si es que a partir de entonces quedaba algún lugar tranquilo para pasar la noche.
2 comentarios:
muy buena nota! abrazo
Gracias M. Angeles. Tu visita y tus conceptos son un honor. Abrazo.
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