Cuando a comienzos de los 80 un tal Juan Carlos Baglietto apareció en el escenario de un recital colectivo de MúsicaSiempre, en el club Boca Juniors, casi nadie lo conocía. Su aparición fue con una pequeña canción, de apenas un minuto y medio: "La Censura no existe". Por aquellos tiempos, la censura representaba a la dictadura y el "no existe" era una ironía sobre lo que se puede comunicar con el sólo hecho de ir eliminando una palabra de una frase. Una a una. Pasaron los años y la dictadura no existe, pero la censura si. Durante 25 años de democracia hubo docenas de intentos por terminar con el decreto-Ley de Radiodifusión. En vano fueron las propuestas para elaborar y votar una nueva Ley, esta vez de la democracia y que contemplara el derecho a la información y a la expresión de todos los ciudadanos, no sólo de aquellos que se hicieron dueños de los medios. Durante 25 años todos los proyectos fueron guardados en el cajón de los recuerdos, no sin una dura presión -censura, que le dicen- por parte de los intereses económicos que se fueron apoderando de los medios. Hoy, cuando un gobierno presenta un anteproyecto de Ley de Servicios Audiovisuales, la censura nuevamente no existe, apelando a la ironía de aquel tema de Baglietto. Desde que se hizo el anuncio oficial, allá por marzo último, se hicieron en todo el país una veintena de debates abiertos en los que participaron comunicadores, legisladores, políticos, empresarios, organizaciones populares y académicos de las más diversas tendencias. Cada uno hizo su aporte y formuló sus críticas. De todo lo que en los foros se habló, nadie reflejó una línea, nadie publicó una foto, reprodujo una declaración o emitió un video. El más grave de los hechos que muestran hasta dónde llega esta censura que, naturalmente, no existe, es el debate sobre el anteproyecto que se realizó en el rectorado de la Universidad de Buenos Aires (UBA). Allí no sólo participaron académicos y políticos de un amplio espectro ideológico, sino también los representantes de las cámaras empresarias del sector. Estuvieron los más poderosos, como ADEPA y ATVC, entre otros. Pero la censura, que no existe, fue tan cerrada que ni siquiera en un caso semejante, como un debate en el que participan sus máximos representantes, los medios quisieron hablar del tema. Toda declaración fue censurada, toda opinión fue ocultada, el hecho mismo fue ignorado como si nunca hubiera existido. Lo más lamentable, es que ya no es una dictadura ni un Estado los que censuran. Ahora es la sociedad civil o, peor aún, los medios de comunicación que la sociedad ha concedido a grupos empresarios para que ellos mismos la censuren. Es triste, pero en la Argentina del siglo XXI -perdón por la cursilería- la censura no existe, la censura no, la censura.
Hoy me desperté y una de los primeros textos que leí fue el de Eduardo Fabregat en Página 12. Me conmovió, porque fue el primer comentario que encontré acerca de la maniobra marketinera de los medios para dar nueva vida al multimillonario Tinelli. Lo publico aquí, porque expresa una visión sobre el humor político que comparto desde la primera y hasta la última letra. Inclusive cuando sin mencionarlo habla del presunto humorista Nik, otro mito armado por La Nación y unos cuantos periodistas que lo entrevistan para elevarlo a una categoría que no merece. Recuerdo las broncas de grandes humoristas cuando comparaban sus propios chistes y caricaturas con las que Nik publicaba a veces un año después, con pequeñas modificaciones. "Esto es un plagio", decían. Nunca le hicieron juicio, por temor a que los grandes medios aprovecharan para reforzar el personaje. Aquí va el texto de Fabregat, que lo disfruten:
Sábado, 16 de Mayo de 2009
OPINION
No va Sinatra
Por Eduardo Fabregat
(Para Nasha, por esas noches
frente a la tele)
La escena se produce durante una reunión de ejecutivos publicitarios: el director creativo presenta el acto magno de la presentación del producto, una superproducción que hará empalidecer a Hollywood, que involucra cientos de extras y recursos técnicos de toda clase, maquinaria, brillos, luces y lujos. El megalanzamiento concluirá en un gran estadio, el Madison Square Garden o quizás el Maracaná de Río de Janeiro, el Monumental de Buenos Aires o el Centenario de Montevideo. Allí estará reunida la alegre multitud, salpicada de estrellas, borracha de flashes: en el momento de máxima expectativa, cuenta el ejecutivo, los reflectores apuntarán al cielo, donde se recortará la figura de un helicóptero del cual descenderá, directo al escenario y entre papelitos y ovaciones, Frank Sinatra. Hay exclamaciones de admiración, felicitaciones, palmadas en la espalda, reverencias a la genialidad, el golpe propagandístico del siglo. Entonces suena el teléfono. El director creativo atiende, escucha unos segundos, balbucea “pero si... y entonces... bueno, bueno”. Cuelga. Mira a los presentes y anuncia:
–No va Sinatra.
De a poco, Ricardo Espalter, Enrique Almada, Raymundo Soto, Andrés Redondo, Eduardo D’Angelo, Julio Frade, Heber Hugo Carámbula, van abandonando la oficina con gesto adusto, los hombros caídos, descorazonados.
Nunca tuvieron un nombre de grupo. Los habían convocado unos productores llamados Los Lobizones, y en cada encarnación televisiva fueron variando el título del programa. Por eso fueron, de una vez y para siempre, Los Uruguayos. A comienzos de los ’60 y con el auspicio de Ancap –esa marca que en la República Oriental define tanto una nafta como una caña, que a veces queman igual–, el grupo apareció en la pantalla chica con Telecataplum, instalando una forma de humor inédita, amiga del juego de palabras, la pantomima y la sátira, capaz de presentar humor musical como el “Concherto para sopa y orquesta” antes de Les Luthiers, mucho antes de Ese amigo de Vinazi. Cruzaron el charco en 1962 para debutar en Canal 13, y pasaron por todas las emisoras argentinas: fueron Jaujarana, Hupumorpo, Comicolor, Archihumor, Hiperhumor. Cambiaban los nombres, pero los personajes se instalaron. Si Alberto Olmedo y Javier Portales construyeron una dupla inolvidable con Borges y Alvarez, El Profesor de Almada y el Toto Paniagua de Espalter dieron vida a uno de los sketches más efectivos en la historia del humor televisivo. Espalter, el millonario sin cultura alguna, piloteaba como podía las equívocas indicaciones sobre modales del Profesor, que salpicaba su verba de términos enrevesados, “No hay caso: el que nace para pito nunca llega a ser corneta”, cerraba Quique, que no solo era un gran comediante, sino también –como Frade– un pianista de excepción.
Ese “humor blanco” fue la usina creativa de la que salieron El hombre del doblaje, la rutina del teléfono público y las Noches Cultas del gran Raymundo Soto (que saludaba con “Queridos teleexpectorantes...”), sucedido tras su muerte por Redondo con las Veladas Paquetas de Creppe Georgette. En los ’80, el Zar Romay apeló al recurso más viejo del mundo para elevar el rating, y así Hiperhumor ya no solo fue “La Disquería”, “La Farmacia” o las rimas truncadas del payador Gabino, sino también el desfile de chicas en paños menores y la aparición de Amalia “Yuyito” González y Noemí Alan prometiendo sacarse la tanguita después de la tanda. El talento de los tipos seguía brillando, D’Angelo sacaba voces imposibles, Espalter provocaba hilaridad con un solo guiño de su cara pícara, pero ya no era exactamente lo mismo. Las vedettes eran una decoración que nada tenía que ver con las integrantes originales del grupo, capocómicas del fuste de Katia Iaros, Henny Trayles y Gabriela Acher.
Acher, linda y talentosa, llegaría a tener su propio programa, aquí y en España. Y no sólo fue solista y parte de Los Uruguayos, también pudo darse el lujo de cruzar líneas con otro grande. Un tipo de frac, peluca, gafas y cigarro que hoy se extraña como nunca.
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“Ser candidato oficialista en este momento es más difícil que jugar al pato en el living de la casa” (Tato Bores, mayo de 1989.)
Alcanza con tipiar “Tato Bores” en Google para encontrarse con un vasto archivo audiovisual que da una adecuada idea de su estatura, inversamente proporcional a su físico. Mauricio Borensztein no sólo fue un gran humorista: fue un tipo de enorme inteligencia, fino, bien rodeado por libretistas que interpretaban cabalmente su personaje, capaz de destilar una ironía para el humor político hoy desaparecida de la tele. Un tipo vigente, como demuestra la frase de acá arriba, la definición de 1988 de que “ser peronista en Capital es un oficio más sufrido que ser almirante en Bolivia” o la reflexión sobre el “ingreso al Primer Mundo” pregonado por Carlos Saúl I: “No tiene sentido cortarse una pierna para venderla y después comprarse un zapato”.
En el primer programa de Tato de América, emitido en 1992 por Canal 13, Los Prepu lo fumigaban para protegerlo de los mosquitos del cólera: ver esa escena hoy conduce nuevamente a la sensación de la Argentina como país cíclico, repetitivo. A fines de 1989 “celebraba” que con ese gobierno “los liberales manejan la economía como siempre, pero más de frente”, hablaba de un tema candente (“Entré a la Rural y me encontré con mi gran amigo Alchourron y me dice: ‘Tato, cómo no voy a estar contento, sacaron las retenciones, el gobierno peronista ya no nos llama más oligarcas y además ahora formamos parte de la revolución productiva’”), patinaba por el estudio y monologaba y hasta en los cuadros musicales con Camila Perissé había letras cargadas de entrelíneas. “Ahora ya no se acuerda más nadie de los saqueos a los supermercados o del desabastecimiento”, dijo en su último monólogo de ese año. “Y ojo que eso es peligroso porque acá parece que todos nos olvidamos rápidamente, y las cosas que se olvidan rápidamente hacen que uno rápidamente vuelva a meter la pata. No sé si me explico.”
Tato se explicaba. Tato resiste cualquier archivo: cuando se lo ve “hablando por teléfono” con Videla en 1980, su “My dear Mr. Président!” sólo puede ser malinterpretado por alguien con aviesas intenciones, que quiera ver colaboracionismo allí donde hay pura sorna. Tato se entusiasma al escuchar que Videla planea dejar el poder, pero cuando dice “ah, no vamos a elegir nosotros, a su sucesor lo van a elegir ustedes... ¡está bien, si a nosotros nos duran tan poquito!”, su mirada a cámara es un compendio de intención, una interpelación al argentino medio, una patada en los huevos además de una cosquilla para la risa.
Hoy en la tevé hay un animador que hace “gran espectáculo” de poner siliconas a patinar sobre hielo –esa maniobra tan Romay–, explotar a unos pibes en un concurso de baile o festejarle a un boxeador la ocurrencia de pegarle a las mujeres. En Gran Cuñado, Marcelo Tinelli hace desfilar a una troupe de imitadores de figurones políticos: sólo la pobreza creativa actual hace que ese mero recurso sea festejado por algunos como “el regreso del humor político a la TV”, que un diario afirme que “el Gobierno hizo todo para evitar que se hiciera Gran Cuñado”, que los one liners de un dibujante al que el 90 por ciento de sus colegas señalan como plagiario recurrente sean considerados la reencarnación del texto de César Bruto, Aldo Cammarota, Santiago Varela, Rudy/Paz y demás libretistas de Tato. El que nace para pito nunca llega a ser corneta.
La gran diferencia es que a Tato Bores le dolía de verdad el país, quería hacerlo reír pero también buscaba mejorar a la raza política, tirarle de las orejas, operar como una humilde voz de la conciencia para el político y el ciudadano común: pedir la neurona atenta. En el mundo tinellista todo eso se traduce en una visión pragmática, utilitarista, pescadora de rating: reírse por reírse nomás, doblado en dos y abrazado al micrófono, apelando a caricaturas metidas en el símil de un reality idiota para hacer unos mangos con el voto telefónico (voto además contaminado por los “vivo” que no son “vivo”), con la vieja y conocida actitud de compartir con la tribuna de comicastros el espíritu de “mirá al goma que votó no positivo, el goma que odia a la puta oligarquía, el que fue presidente y vive perdido, el goma que le arregla el pelo a la presidenta”.
“De la indignación me tiembla la peluca, porque este país alguna vez tiene que ser un país en serio, y ese alguna vez tiene que ser esta vez, y mañana, y mañana, y mañana, y good show”, supo decir Tato. Usar la risa como método de reflexión es una posible herramienta para buscar la seriedad, pero –a revisar YouTube otra vez– esa herramienta comenzó a oxidarse el 11 de enero de 1996, cuando la peluca indignada se quedó sola para siempre. Hoy abundan los brillos, las superproducciones, los papelitos, las luces y lujos, la carcajada fácil, los flashes y las ovaciones. Y de pronto suena el teléfono, y nos despierta a la dura realidad.
Hoy es 24 de marzo y el país recuerda los 33 años del comienzo de la última dictadura militar. El adjetivo "última" adquiere una riqueza especial, porque es una manera de decir que "nunca más" habrá una dictadura y porque además parece identificar al período como un punto de inflexión. Tal vez ya no haga falta para ciertos sectores que haya una dictadura, porque cumplieron su misión exitosamente.
Pero además un día como el de hoy, hace apenas 32 años, el periodista Rodolfo Walsh terminaba de escribir su Carta Abierta a la Junta Militar, en la que denunciaba el terrorismo de Estado, los crímenes y torturas y el plan para desarticular la economía del país.
Las líneas escritas por Walsh aquel 24 de marzo iban más allá de una declaración de principios. Su profundidad era tal, que los tiempos se confunden y cobra una actualidad que tal vez asombre a algunos y despierte a otros. Entre transcribir los párrafos directamente o comentarlos, tal vez lo más respetuoso sea dejar que las palabras elegidas por Walsh hagan su trabajo sin acotaciones innecesarias. A lo sumo, algún asterisco discreto. Entre otras cosas, decía el periodista:
"Los resultados de esa política han sido fulminantes. En este primer año de gobierno el consumo de alimentos ha disminuido el 40%, el de ropa más del 50%, el de medicinas ha desaparecido prácticamente en las capas populares. Ya hay zonas del Gran Buenos Aires donde la mortalidad infantil supera el 30%, cifra que nos iguala con Rhodesia, Dahomey o las Guayanas; enfermedades como la diarrea estival, las parasitosis y hasta la rabia en que las cifras trepan hacia marcas mundiales o las superan. Como si esas fueran metas deseadas y buscadas, han reducido ustedes el presupuesto de la salud pública a menos de un tercio de los gastos militares, suprimiendo hasta los hospitales gratuitos mientras centenares de médicos, profesionales y técnicos se suman al éxodo provocado por el terror, los bajos sueldos o la ‘racionalización’”.
“Dictada por el Fondo Monetario Internacional según una receta que se aplica indistintamente al Zaire o a Chile, a Uruguay o Indonesia, la política económica de esa Junta sólo reconoce como beneficiarios a la vieja oligarquía ganadera, la nueva oligarquía especuladora y un grupo selecto de monopolios internacionales encabezados por la ITT, la Esso, las automotrices, la U.S.Steel, la Siemens, al que están ligados personalmente el ministro Martínez de Hoz y todos los miembros de su gabinete. Un aumento del 722% en los precios de la producción animal en 1976 define la magnitud de la restauración oligárquica emprendida por Martínez de Hoz en consonancia con el credo de la Sociedad Rural expuesto por su presidente Celedonio Pereda: ‘Llena de asombro que ciertos grupos pequeños pero activos sigan insistiendo en que los alimentos deben ser baratos’”. (*)
“El espectáculo de una Bolsa de Comercio donde en una semana ha sido posible para algunos ganar sin trabajar el cien y el doscientos por ciento, donde hay empresas que de la noche a la mañana duplicaron su capital sin producir más que antes, la rueda loca de la especulación en dólares, letras, valores ajustables, la usura simple que ya calcula el interés por hora, son hechos bien curiosos bajo un gobierno que venía a acabar con el ‘festín de los corruptos’”.
“Desnacionalizando bancos se ponen el ahorro y el crédito nacional en manos de la banca extranjera, indemnizando a la ITT y a la Siemens se premia a empresas que estafaron al Estado, devolviendo las bocas de expendio se aumentan las ganancias de la Shell y la Esso, rebajando los aranceles aduaneros se crean empleos en Hong Kong o Singapur y desocupación en la Argentina. Frente al conjunto de esos hechos cabe preguntarse quiénes son los apátridas de los comunicados oficiales, dónde están los mercenarios al servicio de intereses foráneos, cuál es la ideología que amenaza al ser nacional”.
El mismo día en el cual Walsh escribía su carta para "dar testimonio en momentos difíciles", como decía en una de las últimas líneas, en los principales diarios del país se publicaba una solicitada de la Sociedad Rural Argentina (SRA), que luego, en 2008, sería muy difundida a raíz de la puja entre el Gobierno nacional y las entidades empresariales del campo.
“Este proceso requiere del apoyo y sacrificio de todos los sectores, sacrificio que no sólo deben hacer los empresarios y los obreros, sino especialmente el Estado, dando el ejemplo a través del reordenamiento presupuestario que ya ha comenzado, la liquidación de las empresas estatales y el redimensionamiento de la burocracia.
(…) La Sociedad Rural Argentina reitera frente a los productores y la ciudadanía en general su apoyo a toda acción que signifique completar el proceso iniciado el 24 de marzo de 1976, para lograr así los fines propuestos, que en definitiva son los grandes objetivos nacionales”, decía la entidad en su solicitada.
Los documentos están allí, se pueden leer, de manera total o parcial. ¿Habrá alcanzado Walsh a leer la solicitada de la Sociedad Rural? Escribir su Carta no debe haber sido un trabajo sencillo, debe haberle tomado su tiempo, aún en su caso, el de un periodista cuyas ideas brotaban aceleradamente de su máquina de escribir. Pero, periodista al fin es bastante probable que haya devorado los diarios del último día que vivió completo. Tal vez su compañera, Lilia Ferreyra, tenga en su memoria algunos de aquellos detalles.
Hoy es martes, es 24 de marzo y es 2009. Hace menos de una semana se lanzó un debate acerca de un anteproyecto de Ley sobre medios audiovisuales –y electrónicos, diríamos aquí, para que Internet no quede librada también a la concentración- y fue tanto o más ignorada que aquella Carta de Walsh. En cambio, difunden hasta el hartazgo cada frase y cada afirmación de los mismos gurúes de la economía –o sus hijos, carnales o ideológicos- que parieron aquellas decisiones que Walsh denunciaba hace 32 años. De alguna manera, parecen publicar día a día aquella solicitada. Como hace 32 años, la Carta de Walsh no deja de hacer su denuncia. El tiempo pasa. ¿Pasa?
(*) Si alguien relaciona la frase de Celedonio Pereda con una más reciente, sobre el precio del lomo, la especulación corre por su cuenta.
Hoy publiqué en Carta de Negocios una nota que, creo, puede servir a los lectores del Blog. Y si no les resulta de utilidad, pueden avisarme. Saludos. Rubén.
(Por Rubén Levenberg) En medio de la crisis, las negociaciones salariales son difíciles. Pero hay al menos dos actividades en los cuales las disputas –si se las puede llamar así- son patéticas.
En la Argentina de los últimos años se han dado pasos interesantes cuyos resultados se verán en el mediano plazo. Algunos ya se pueden verificar, con sólo comparar los diarios de 2001 con los de 2009: Esta vez la crisis no fue originada por una fuga de divisas encarada por los sectores financieros especulativos, que hicieron tambalear a bancos locales sino por la irresponsabilidad de grandes bancos internacionales y grandes consultoras de riesgo. entre estas últimas, la más importante, que es el FMI, acaba de admitir que por concentrarse tanto en insistir que los países en vías de desarrollo debían cumplir sus indicaciones, se olvidaron de aplicar los mismos criterios a los países desarrollados. Así, la mecha se encendió en los Estados Unidos y su crepitar se escucha en todo el mundo desarrollado. En el resto del planeta, la explosión inminente se traduce en una fuerte baja de las compras de sus productos. Así lo sufren Brasil, Chile y la Argentina, cada uno con sus características particulares.
En medio de tal crisis, en la Argentina los diarios, radios y “analistas” de televisión aconsejan al público que no gaste, que no invierta, que se paralice. Tal vez tengan razón, tal vez no, pero sea como sea, constituyen una generosa contribución a la desconfianza general. La realidad muestra que los precios venían subiendo mucho más de lo que indicaba el INDEC, que el crecimiento seguía en camino pero iba a ser menor que el del año pasado y que el pésimo tratamiento de la crisis con los empresarios del campo por parte del gobierno, conflicto que comenzó precisamente un 11 de marzo de 2008 luego de una actitud suicida del entonces ministro de Economía Martín Lousteau, tendría sus consecuencias. Graciosamente, ayudaron a darle entidad política a un grupo de interés económico que a su vez ahora aporta la argamasa para unir a una oposición que hasta entonces repartía miserias. También los números indican que las estimaciones inflacionarias de los grupos privados se acercan cada vez más a las del INDEC, simplemente porque la recesión y la desconfianza están provocando una baja del consumo.
Por estos días, empresas que dan ganancias enormes tienen que bajar sus plantillas de empleados por el simple hecho de que sus casas matrices decidieron que era mejor echar a un argentino que a un ciudadano del primer mundo. Otras, afectadas directamente por la recesión internacional, la baja de las exportaciones y la caída de las expectativas, están golpeadas o avanzan –retroceden- hacia el cierre. Alzas y bajas que muestran que al menos los países de la frontera del mundo pueden regodearse porque sufren sensiblemente menos la crisis que quienes la originaron. Pero la sufren.
Cuando las empresas no invierten, se achican o cierran, los empleadlos tiemblan. Algunos sectores, sin embargo, parecen inmunes a toda crisis, unos porque siempre están mal y otros porque, por su actividad pueden descargar sus beneficios sobre otros pobres. El contraste es patético:
1) El SUTERH, el sindicato que agrupa a encargados y porteros, vuelve a auto-asignarse un aumento de sueldos, que esperan sea del 25 por ciento, además de incorporar definitivamente lo que había sido un “premio”, también auto asignado. Es el caso de un sindicato que no tiene patronal, que no tiene contraparte. Año a año, se sientan a negociar consigo mismos y reparten ganancias con la entidad que agrupa a los administradores de edificios, cuyo negocio es que las expensas suban. Los propietarios de departamentos carecen de representación y deben esperar hasta que el sindicato decida cuánto va a a cobrarle este año.
2) La contracara del SUTERH son los gremios que agrupan a los periodistas. Entran en otra categoría, porque aquí las empresas están agrupadas y sólidas y los empleados carecen de la menor influencia, ya que la mayoría trabaja en negro y no son incluidos en negociación salarial alguna. Despidos, precarización, trabajo en negro, falta de calidad profesional y una inédita corrupción por parte de empresas y profesionales son las bases sobre las cuales funciona hoy el llamado “cuarto poder”.
La prensa tiene en algunos casos más del 50 por ciento de sus empleados sin inscribir, sin derecho alguno y en una de las profesiones más estresantes y peligrosas, según los datos de todas las entidades que se ocupan de la salud profesional. Como ejemplo, basta un botón: En estos días se ha armado una gran conmoción por el despido de periodistas del diario La Nación, pero no hubo ni habrá un comunicado gremial ni una queja de los delegados internos por la miseria que se le paga a un colaborador y porque además, los colaboradores son echados cotidianamente sin que nadie se preocupe demasiado. Nadie, es obvio decirlo, dedica a estos periodistas empleados en negro siquiera una de las decenas de centímetros que dedicaron y siguen dedicando al "caso Nelson Castro". Toda una identificación desde las empresas: Hay periodistas de primera y periodistas de cuarta, que ni siquiera son reconocidos como tales.
Dos actividades laborales, una que negocia con nadie y se asigna sus sueldos; otra que no tiene quién negocie por ellos y sigue percibiendo ingresos sin actualizar desde 2001, que si es suspendido o echado, sólo puede hacer su reclamo mediante un juicio que dura tres o cuatro años y que además lo deja definitivamente fuera del mercado; uno que tiene un sueldo mínimo y otro cuyos miembros, en su mayoría no tienen sueldo.
Para los propietarios de un departamento en un edificio, las auto-negociaciones del SUTERH llevan casi inevitablemente al endeudamiento y con el tiempo, en muchos casos, al remate de su vivienda. Muchos de ellos son jubliados propietarios que terminan alquilando una pieza en una pensión o en la casa de algún hijo más o menos pudiente y comprensivo.
Para los empresarios no periodísticos, que tratan a diario con el periodismo, hasta ahora la situación es beneficiosa. Un colaborador de una empresa periodística es débil, tiene ingresos inestables y trabaja 17 de las 24 horas del día, por lo cual depende de lo que la fuente –el político, el empresario, el dirigente deportivo o el organizador de un espectáculo- puedan acercarle como información. Son candidatos a recibir regalos, a viajar por cuenta de una empresa en lugar de hacerlo por decisión de su diario o revista –cosa que ocurría muchos años atrás- son víctimas de cualquier presión, en la medida que por lo general no tienen el apoyo de sus empleadores –que no los emplean- ni de sus gremios, que sólo se ocupan de los que están empleados en diarios, agencias noticiosas, radio y TV. Terminan vendiendo avisos para algún medio en el que escriben, con lo cual dejan de ser periodistas y se convierten en agentes con un pie en cada lado del mostrador. El derecho a la información, ausente sin aviso pero con una jugosa pauta asegurada.
Dos actividades, una sin empresarios para negociar, otra con una mayoría de trabajadores en negro que no tienen quién los represente para negociar. Mientras tanto, una propaganda del Gobierno dice que hace poco tiempo había unas 50.000 empleadas domésticas en blanco y que el número ya supera los 350.000. Tal vez sería bueno que alguna vez hicieran las cuentas de cuántos periodistas están en blanco y cuántos están en negro. Eso, sin contar a los cada vez más escasos periodistas que viven de otra cosa y no quieren estar en blanco. Para ellos, aquel viejo Estatuto había definido la categoría de “colaborador”, no para todos, sólo para ellos.